Brasil llega al balotaje presidencial marcado por una fuerte polarización política y social. La elección enfrenta a Flávio Bolsonaro, candidato del Partido Liberal, y al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, del Partido de los Trabajadores, y plantea dos modelos de país contrapuestos. La primera vuelta, realizada el 4 de octubre, concentró el 92% de los votos en los dos principales candidatos.
Los otros 11 postulantes reunieron apenas el 7% de los sufragios. De los 125 millones de brasileños que participaron de esa jornada, unos 110 millones votaron por quienes avanzaron al segundo turno. Además, 33 millones de personas, equivalentes al 21% del padrón, no fueron a votar.
La división electoral también se expresa en el territorio. El sur y el oeste de Brasil muestran mayor inclinación hacia Flávio Bolsonaro, mientras que el centro y el nordeste reúnen una parte importante del apoyo a Lula. Aunque esa distribución suele vincularse con diferencias económicas, el escenario presenta matices y no puede reducirse a una división entre regiones ricas y pobres.
Los sectores socioeconómicos medios y altos tienden a respaldar más al candidato del Partido Liberal. En cambio, el presidente recibe mayor apoyo entre los sectores medios bajos y bajos. La polarización también aparece en otras características del electorado.
Bolsonaro concentra más respaldo entre las personas con estudios completos, mientras que Lula obtiene mejores resultados entre quienes tienen menor nivel de formación. Por género, el candidato del PL cuenta con mayor apoyo entre los hombres y el presidente brasileño logra más adhesión entre las mujeres. En cuanto a la edad, Bolsonaro se impone entre los votantes de 20 a 45 años, mientras que Lula tiene un mejor desempeño entre los grupos de mayor edad.
La religión es otro factor que atraviesa la elección. Bolsonaro recibe un fuerte respaldo de los sectores evangélicos, mientras que Lula mantiene mayor adhesión entre los votantes católicos. La disputa también se refleja entre las figuras públicas.
Buena parte de los deportistas más reconocidos, especialmente futbolistas, expresó su apoyo al candidato del Partido Liberal. Lula, por su parte, concentra más respaldos en los ámbitos de la cultura, el espectáculo y la ciencia. Más allá del resultado presidencial, quien asuma el próximo mandato deberá gobernar con un Congreso fragmentado y con una presencia considerablemente mayor de la derecha.
El Partido Liberal obtuvo 121 de las 513 bancas de la Cámara de Diputados, tras sumar 23 escaños respecto de su representación anterior. En el Senado, el PL casi duplicó su presencia y alcanzó 28 de los 81 lugares. La fuerza de Flávio Bolsonaro se convirtió así en el partido con mayor representación simultánea en ambas cámaras en casi cuatro décadas, desde la promulgación de la Constitución de 1988.
El Partido de los Trabajadores mantuvo nueve bancas en el Senado. En la Cámara baja, en tanto, su alianza aumentó su representación de 82 a 88 diputados. El próximo Congreso también volverá a tener entre sus actores al denominado “Centrao”, el conglomerado de partidos de centroderecha que suele cumplir un rol decisivo en la formación de mayorías parlamentarias.
Si gana Bolsonaro, una eventual alianza entre la derecha y el centroderecha podría asegurar mayorías simples e incluso una mayoría suficiente para impulsar reformas de mayor alcance. Para Lula, el escenario legislativo sería más complejo por el avance de los bloques conservadores surgidos de la elección del 4 de octubre. Otro de los debates centrales gira en torno al Supremo Tribunal Federal.
El bolsonarismo mantiene una postura crítica hacia ese organismo y tiene entre sus principales objetivos políticos la destitución del juez Alexandre de Moraes, a quien responsabiliza por el encarcelamiento de Jair Bolsonaro. El próximo gobierno también podrá designar a tres nuevos jueces en el máximo tribunal, una posibilidad que podría modificar de manera importante el equilibrio institucional de Brasil durante los próximos años. La seguridad pública se convirtió en una de las principales preocupaciones del electorado y tuvo un peso determinante durante la campaña.
Lula llegó a plantear la posibilidad de reducir de 18 a 16 años la edad de imputabilidad para delitos graves, una propuesta históricamente asociada a la derecha. Desde el espacio bolsonarista también se propusieron reformas más severas, entre ellas la castración química para violadores y pedófilos condenados. Otro planteo que generó repercusión fue la propuesta de Flávio Bolsonaro de aplicar un modelo penitenciario similar al desarrollado por Nayib Bukele en El Salvador.
Especialistas advierten sobre las dificultades para trasladar ese esquema a Brasil, donde organizaciones criminales como el Primer Comando Capital y el Comando Vermelho tienen una fuerte presencia dentro del sistema penitenciario. La economía marca otra diferencia entre los dos proyectos. Bolsonaro propone recortar el gasto público y reducir los impuestos para las grandes empresas.
Durante la campaña también se tomó como referencia la política de ajuste del presidente argentino Javier Milei, que Lula utilizó para advertir sobre el rumbo económico que podría adoptar su adversario. El Partido de los Trabajadores, en cambio, plantea una reforma tributaria que incluye mayores gravámenes sobre las transacciones financieras. El oficialismo brasileño también advierte que una victoria de Bolsonaro podría derivar en recortes de políticas sociales.
La política ambiental constituye otro de los principales puntos de contraste. El espacio bolsonarista propone ampliar la explotación económica y flexibilizar los permisos ambientales, una postura que podría aumentar las tensiones con pueblos originarios asentados en territorios vinculados con la Amazonia. Lula sostiene una posición centrada en la preservación ambiental y en políticas para combatir el cambio climático.
Sin embargo, la composición del próximo Congreso podría dificultar esa agenda: según los datos citados en el análisis, alrededor del 80% de los senadores y el 70% de los diputados rechazan políticas vinculadas con la preservación ambiental y el cambio climático. El balotaje definirá quién ocupará el Palacio del Planalto y también el rumbo económico, social, institucional y ambiental de la mayor economía de Sudamérica. La disputa se dará en un contexto de marcada mayoría conservadora en el Congreso.
Un relevamiento del Departamento Intersindical de Asesoría Parlamentaria proyectó que la derecha podría aumentar su representación en la Cámara Baja de 248 a 260 bancas. Ese escenario favorecería legislativamente a Bolsonaro si gana y obligaría a Lula a negociar de manera permanente con bloques opositores si permanece en el poder. Brasil llega así a una definición electoral con dos proyectos políticos profundamente diferentes y un electorado dividido prácticamente en mitades.
La disputa, además, excede las figuras de los candidatos.















